Mostrando entradas con la etiqueta amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amor. Mostrar todas las entradas

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Ensayo amantísimo

Amare. Amar. ¿Cómo un verbo tan simple puede estar tan cargado de otras muchas, infinitas acciones? Cuando pensamos en el amor, se nos vienen a la cabeza numerosos recuerdos de vivencias propias o de otros, y según si se nos encoge el corazón o el estómago, haremos nuestro consiguiente diagnóstico para expresar ante los demás si el amor resulta ser “bueno o malo para la salud”. Porque las personas siempre tenemos cierta tendencia esquizofrénica y suicida a clasificar las cosas en malas o buenas, no sé muy bien si es porque lo hemos heredado del catolicismo o porque realmente es innato en nosotros establecer divisiones y fronteras que nos ayuden a simplificar la vida y de este modo saber de qué bando estamos en lugar de saber convivir con todos nuestros claroscuros. Y como digo, esta práctica tan extendida (y que para mí resulta de muy mal gusto) tiene, en primer lugar, un tinte esquizofrénico, porque nos divide en dos cuando realmente somos uno; y en segundo lugar, suicida, porque al dividir su esencia, el hombre renuncia a algo intrínseco de sí mismo, y por tanto, se sacrifica como ser completo y va a parar directamente al infierno de los creyentes, que es la infelicidad de los vivos. Ojalá nos hiciéramos cargo de nuestras vivencias, sean del color que sean, y dejáramos a las palabras tranquilas, sin mancharlas con los lamparones que dejan nuestras connotaciones. Pero no acaba aquí el gafe que parece tener en este sentido la familia de palabras que comparten esta raíz verbal. Algo semejante y no menos escandaloso y deshumanizante ocurre con la palabra “amante”.
Amante significa sencillamente “el que ama”. No hay trampas ni malos entendidos. No hay putas ni maridos. Ni noches ardientes, ron con sabor a piel o tangas escondidos. Etimológicamente hablando, la palabra amante designa a todo aquél que ama. Al esposo/a que ama, y por eso comienza el día dándole el beso mañanero a su cónyuge y lo termina haciendo el amor con otra persona. Al esposo/a que ama, y aunque se sabe engañado por su cónyuge, recupera cada día el aliento con el beso mañanero, y con él vuelve la esperanza de que se trate de una aventura pasajera que, cuando acabe, fortalecerá los lazos familiares. También define al tercero/a en una pareja, que no tiene hora, que aguarda con las joyas, la lencería o el perfume colocado cual maniquí hasta que suena el timbre del portal y se desmonta la escena. Una escena que día tras día, va hilando meses o años, hasta que una tarde el personaje se descubre viviendo entre bambalinas y se cierra el telón. Hasta aquí quizás quedan descritas casi todas las imágenes que se nos vienen a la cabeza cuando escuchamos o decimos la palabra “amante” pero, ¿qué pasa si la viéramos en su totalidad y no la relegáramos al fenómeno “telenovela”? Puede que nos haya pasado con esta palabra como con tantos personajes históricos que dedicaron sus vidas a cambiar el mundo, que organizaron revoluciones pacíficas o que murieron queriendo demostrar el lado humano del ser humano y que, por tener sus ideas demasiado alcance como para ser atado, el sistema los relegó a meros ejemplos históricos de ideales firmes de justicia y solidaridad, a los que homenajear cada cierto tiempo y cuyas hazañas sirvieran de vídeo motivador susceptible de ser utilizado en estrategias de “coach” para liderar grupos.
Hombres célebres que pudieron cambiar el mundo y cuya historia queda relegada a una mera estrategia de marketing, palabras que describen parte de la complejidad humana que quedan circunscritas al mundo del pecado, el vicio y el desenfreno.
Hoy, que es un día como otro cualquiera, podríamos aventurarnos. ¿Quiénes son los amantes? ¿Un fenómeno estético con maneras de Don Juan como describe Mecano? ¿O quizás dos almas que se encuentran en un punto inoportuno del espacio y el tiempo, y se descubren a sí mismos en el otro? Con esta descripción coincidía Cesare Pavese con aquello de “El amor tiene la virtud de desnudar no a los dos amantes uno frente al otro, sino a cada uno delante de sí”. Él imaginaba la pareja de amantes, pero en el fondo ¿quién no ha experimentado que el amor alguna vez le hizo vulnerable? Cuando uno ama verdaderamente, lo que importa ya no es el objeto amado, sino lo que el amor provoca en el amante. Ser amante no es más que entregarse, a veces de primeras es dejarse caer sobre una tierra fértil...firme, pero amar al final siempre resulta ser un salto de fe, un saltar al vacío porque, pase lo que pase, mueras en el intento o te recoja algún ángel, tú amas, y por eso decides arriesgarte. Y porque amas, te has desnudado, y desnudo por las calles has vendido tus ropas, gritando con júbilo que te sientes, al fin, descubierto por la persona o por aquello que amas; y porque amas, te has despojado de tus armas, esas que tanto te esforzaste por cargar, cosidas con aguja e hilo de tus heridas pasadas, y las has tirado al mar, porque has reconocido que el mayor dolor, el que te traspasa, no lo puedes abatir porque viene de la persona o de aquello que amas; y porque amas, te has saltado las normas, quebrantarías la ley y tirarías por el retrete toda esa reputación que con tanto mimo alimentaste si tan sólo con eso enalteces a la persona o aquello que amas. Al final, ser amante no es más que un camino de autoconocimiento.
Porque quien ama, se expone. Quien se expone, aprende. Y quien aprende evoluciona, aunque no se sabe en qué dirección.
Personalmente, admiro a los amantes. A los de verdad. A los que aman a las personas en su totalidad porque aman la vida con detalle. Igual que quien se enamora de alguien lo acepta con sus virtudes y defectos, de la misma manera, quien ama la vida debería bebérsela cuando ésta le regala buenos y malos momentos. Porque reír, al igual que llorar, lo podemos hacer porque estamos vivos, y sólo quien sabe saborear esa experiencia merece ser llamado amante con todas sus letras.
Vivan los amantes de la vida, y por tanto, de todas sus consecuencias.




domingo, 9 de noviembre de 2014

Pepa

- ¿Sigues teniendo pesadillas?- hizo la pregunta de rigor, no porque eso le preocupara lo más mínimo, pero se lo perdoné.
- Pues no te lo vas a creer, pero desde que llegué a este lugar no me ha despertado ningún mal sueño. No creo que los sobresaltos de madrugada hayan acabado…pero creo que estoy durmiendo mejor.
- ¿Y eso? Entonces, entiendo que estás bien…- no supe si se alegraba o no, pero también se lo perdoné. Para mí la noche en los últimos años había sido una de mis mayores torturas, y parecía que ésta se había apiadado de mí.
- Supongo que sí… ¿cómo estás?- no tenía mucho tiempo, me lancé.
- Te comento que por aquí nadie sabe nada, Ramón hace lo que puede, los niños preguntan, y yo ya tengo bastante con el trabajo, dentro y fuera de casa- “Ramón”, “los niños”… cuchilladas en mi estómago. Pero quizás la herida más profunda era la del “trabajo, dentro y fuera de casa”. No me había dicho cómo estaba, pero no hacía falta. Estaba sola, porque yo la había dejado sola. Sola con nuestros hijos. Sola con mi mejor amigo, Ramón, su pareja actual, que previamente fue su amante, y que ahora cuida de mis hijos y, además, intenta sacarme de la cárcel. Y sola con mi asignatura pendiente, mi padre. Un viudo con Alzheimer que, en su momento, sintió adoración por ella, porque era lo mejor de mí. Si…también le perdoné ese dardo envenenado. Qué iba a hacer.
- Pepa yo…
- ¿Tú qué?- quería disculparme por enésima vez, pero me pudo el miedo a otro ataque. Quería hablarle, cada día, a cada hora. Acompañarla de alguna manera. Ahora estaba encerrado, y me sentía seguro. No podía hacer nada malo, no podía cagarla mucho más. Y sobre todo, no podía hacerles sufrir más. Y eso me tranquilizaba.- Dime. Dime algo nuevo. Algo que me haga sentir que vale la pena nuestros esfuerzos por sacarte de ahí. ¿Crees que después de esto puedo confiar en ti?
- Pepa, lo siento muchísimo…- le había pedido perdón en mi vida tantas veces como puñetazos había marcado en las paredes, en los coches o en la cara de otros tíos. Pero nunca lo había sentido tanto. En los momentos en que uno recupera el sosiego, alcanza el punto álgido de remordimiento. Ése que tantas veces había anhelado. Arrepentirse no es fácil cuando uno se refugia bajo la sombra del odio.
Escuché un breve silencio, como cuando nos dicen algo que necesitábamos, que nos sana, y cerramos los ojos para llevarnos toda la sensación del mensaje. Y acto seguido, me llegó el sonido de un amago de sollozo que se partió en llanto. De alguna manera, sentí que no era un llanto rabioso ni de amargura.
- Te quiero hijo de puta…ándate con ojo por allí, que te crees muy listo y no eres más que un mojonero- Pepa lloraba como casi siempre, de amor. En mi vida he conocido una mujer que amara como ella, como el amor que se describe en las bodas y que nadie cumple. Pepa fue la única persona (y me temo que será) que me quiso de forma incondicional, y lo seguirá haciendo. Ella se preocupó por conocerme, se inventó mis virtudes para aceptar mis miserias. Y aún hoy, con una vida marcada por un ex marido en la cárcel que también espera ser ex traficante de droga, me demuestra que me ama con locura.
He tenido una vida de mierda, pero no he querido contarla. Si en esta entrevista de seguimiento a un preso condenado para el resto de su vida piensan que voy a intentar convencerles de mi arrepentimiento y de mis posibilidades de reinserción, siento hacerles perder el tiempo. He preferido contarles que he logrado hablar sin gritos después de quince años con lo mejor que me ha pasado en la vida.

Con mi Pepa.

domingo, 30 de marzo de 2014

Viaje en coche

Recuerdo bien ese viaje
Cómo olvidarlo. No sé cuánto tiempo llevábamos preparándonos. Fijar fechas, consultar la meteorología, avisar a  tu familia, a la mía… fueron nuestros quehaceres durante semanas. Sobre todo, mentalizarnos de que al fin, íbamos a estar tú y yo. A solas.
Viajamos allá por donde nos llevó el asfalto, pero con un destino fijo: nosotros. Ninguna ciudad, puerto, montaña o castillo tenía tantas ganas de visitar como los tuyos. Y tú llevabas tiempo intentando descubrir mis rincones mejor guardados, mis cumbres y mis prados, esos que sólo asoman cuando el sol viene con fuerza, cuando llega la calma y se aleja la niebla que en mí se asienta.
Decidimos viajar en coche. Podíamos haber escogido viajar en avión, por ejemplo, pero no queríamos correr demasiado y sobrevolar nuestros accidentes sin pararnos, con tiempo, a mirarlos. Caminar también era una opción, pero no queríamos detenernos demasiado, porque cuando una pareja se mira demasiado, piensa demasiado, pregunta demasiado, y no se comunica realmente nada. Finalmente, decidimos llevar el volante y tampoco elegimos el tren, porque es verdad que resulta más cómodo dejarse llevar por otros, pero cuando uno se siente libre de decidir dónde y cuándo, quizás no está tan cómodo, pero se siente más feliz.
Este viaje a tu lado significó mucho para mí. No sólo porque pude beberme lo que hay en ti de cotidiano. No sólo porque pude mostrarte la aldea de mi infancia, donde guardo mis recuerdos perdidos, los que no me llevo a ninguna parte, los que se quedan allí. Este viaje tuvo significado para mí porque visité las ruinas de un castillo encantado. Donde te encontré, pero de otra manera. Te descubrí con la camisa remangada, reconstruyendo una vieja casa, que antaño fue hermosa y llena de vida, que pasó a estar llena de desgracia, y que tú con tus manos, habías llenado de huertos y plantas.
Y como todo viaje, tuvo contratiempos. Pero sin batalla. Paraste el coche en el arcén porque, por un momento, no nos faltaba la gasolina pero sí gritaba la paciencia, que se agotaba. “Estoy cansado”- me reprochabas. Mis montañas inhóspitas, mis bajadas arriesgadas, mi afán por pararnos en cada pueblo a ver cómo vivía la gente de allí el mañana. Mi silencio, mi mirada que se hacía añicos contra el suelo o que sobre el césped se tumbaba… pero estaba contigo, era nuestro viaje en coche; y entonces recordé lo que siempre dices y me salva: “Cuando te venga la rabia, ¡salta!”. Te lo dije y saltar contigo, a descompás o acompasados, hizo que la tierra temblara. Y con ella, los fantasmas.
Como te he dicho antes, recuerdo bien ese viaje en el que nos perdimos.

Precisamente esto es lo bueno de los recuerdos que, incluso cuando nunca ocurrieron, pueden ser inventados, imaginados, para entonces ser recordados.

domingo, 26 de enero de 2014

A mi hermano

Frágil.
Estamos acostumbrados a que las cosas más bellas, las que más amamos, o las que más admiración nos producen, sean frágiles. O quizás somos nosotros los que nos volvemos frágiles antes ellas. O más bien las hacemos frágiles, de tanto usarlas, manosearlas, o quererlas.
Lo mismo pasa con las personas. Lo mismo me pasó contigo desde que tuve uso de razón. Vi tu belleza, la que se muestra y la que en ti habita; te amé hasta el infinito; y te admiré, por reconocer lo desconocido que eras, incluso para ti mismo.
El mundo me contaba el otro día un secreto mientras se tomaba un respiro. Le pillaste de improviso. Esperaba tu sonrisa, por la que sabía que pararía de vez en cuando de dar vueltas, para quedarse a verla. Esperaba tu mirada, curiosa y a la vez temerosa, dudosa de lo que puede dar de sí una vida, o dos. Esperaba tu energía, paralizada, encarcelada, por la que habría que pagar varias fianzas.
Confesiones de cafetería, donde el mundo me contó que le pillaste de improviso. No le dio tiempo a cuidar de tu inocencia, que como todas, debía ser robada. No llegó a tu dieciocho cumpleaños, y quizás por eso, nunca creciste como debiste. Y aún, le estás esperando.
Este mundo te esperaba como un niño soñador, de inteligencia feroz, humor vivaz, creador de castillos sin puentes. Aislado de bullicio, rumores y gentes. Porque tú eres de individuos, de historias vivientes. Y lo demás…pues que lo coja algún superviviente. Tú no tienes problema, y aborreces la pelea. Sientes y denuncias, escuchas y respetas. Te va el individuo, y su historia viviente.
Pero al mundo, tu fragilidad, le pilló fuera de juego. En ti, en lo que tocas, en lo que haces o en lo que dices, por alguna razón o por ninguna, hay belleza. Y por eso se te ama hasta la sobreprotección, y a veces, hasta la asfixia, como la duquesa se encadena a sus joyas, como el amante a su infiel amor, como el trepa a su labor, o como una madre. Sin control.
Y por ello, sobre tí se derramaron muchos de nuestros deseos, anhelos y expectativas. Por tenerte cerca, y controlado, el mundo te ató con los suaves lazos de la sociedad, terca. Que hace frágil lo que ama, por usarlo y manosearlo. Y pesa.
Por ello, tenerte lejos es lo mejor, hermano.
Libre.

Aunque duela.

domingo, 12 de enero de 2014

Reconciliarse

Yo estaba sentada en la sala de espera de urgencias. Nada dramático. Daniel, mi hijo de 8 años, había intentado hacer de Spiderman en el parque y se había caído. Tenía algunas heridas, pero afortunadamente no se había roto ningún hueso. Le estaban haciendo algunas curas. Y a mí, en esa sala de espera, de alguna manera, también. De repente fui consciente de que, aunque estaba allí en el parque, a su lado, no pude evitar la caída de Daniel ni sus consecuencias. Y de la misma manera, todo aquello que me hacía no querer levantarme de la cama por las mañanas… la hipoteca, visitar a mis padres aun a sabiendas de que no soy su favorita, sentir que no hago bien mi trabajo, un marido con cuya infidelidad convivo (y casi respeto, porque bien mirado, yo también le sería infiel a una mujer triste), un hijo que admira a su padre y apenas sabes lo que siente por ti…
Tendemos a pensar qué hicimos mal, en qué momento nos empezamos a equivocar de tal manera que asumimos que no había remedio. Pero ese día, Daniel tuvo una caída por azar, y no tuvo grandes consecuencias. Le miré sin temor a que me juzgara, le abracé, con todos mis límites y debilidades, pero también con todo mi amor y mi indiferencia por mi falta de fortaleza. Con todo mi ser, sin olvidarme de nada.
[…]
Así fue como aligeré mi carga, me liberé. Esa tarde yo también me caí, pero en la cuenta de que reconciliarse con lo que uno es, o con la vida que lleva, no es más que encontrar una pista.

La verdadera.

sábado, 4 de enero de 2014

Debilidades

“Ella. Ella era mi conexión con el resto el mundo. Si no la hubiera conocido, no hubiera conocido la que seguro es la mejor versión de mí mismo que jamás existirá. Si no la hubiera tenido entre mis brazos, al menos esa única vez, nunca hubiera sabido a qué huele la gloria. Si no hubiera escuchado junto a su respiración el silencio del alba, todos mis amaneceres se hubieran quedado en meras antesalas del mañana, otro más. Si no hubiera contado con ella las estrellas esa noche, yo no sabría ni contar los dedos de mis pies hoy día…

Estoy hecho para la guerra. Desde niño me costó mostrar afecto, pero siempre fue fácil para mí pelear, nunca tuve miedo de perderme o quedarme sólo, y el abandono de mis padres apenas lo valoré siempre como un signo más de que yo no era más ni menos que un hombre, adaptado a la indigencia del calor humano, pero con un destino: las armas.
[…]

Siempre he sido consciente de lo frágil que es el cuerpo, pero nunca imaginé que no sería el miedo a la muerte, sino el miedo a la vida, a la pérdida, lo que me robaría definitivamente las fuerzas.”