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miércoles, 9 de septiembre de 2015

Unidos por un sándwich mixto

- ¿Cómo estás? Hace mucho que no nos vemos…- Por más que le miraba no podía creérmelo. Le había crecido la barba, parecía un poco desmejorado, pero su mirada mantenía esa frescura de quien permanece joven, pase lo que pase. Por su mirada sabía que realmente era él, y no una de mis quimeras, quien me hablaba.

- Pero… ¿qué coño haces aquí? Se supone que no se te permite salir. Menudo paquete que les voy a meter a los del manicomio de mierda ése…- intentaba mostrarme indiferente, y con un tono casi tiránico espantar a ese loco madurito que ingresé hace casi 4 años en un centro psiquiátrico porque intentó estrangularme. Mi padre.

- Echaba de menos la comida de aquí- nos encontrábamos en el “Little Palace”, un oscuro garito como tantos otros de Brooklyn donde, hace muchos años, veníamos a cualquier hora del día a deleitarnos con nuestro bocado favorito, el sándwich mixto. No era nada especial, incluso el pan pocas veces era del día. Pero papá sabía hacerlo idéntico. De hecho, se convirtió en todo un símbolo para nosotros, porque cuando yo era más pequeño y aún vivíamos juntos, yo tenía a menudo pesadillas durante la noche, y cuando me despertaba exaltado, me bastaba ver una cosa para recuperar enseguida la calma y darme cuenta de que estaba en casa: en la mesita de noche estaba el sándwich mixto que papá me había preparado por si me despertaba en mitad de la noche. Pero esto fue hace mucho tiempo...

Ahora que él permanecía retenido en lo que él llamaba “the pudding prison” (cuando en realidad quería decir “the padding prison”) yo me dedicaba a venir al Palace dos o tres veces a la semana a probar el sándwich mixto. ¿Era por la comida? ¿Era por la gente del bar? ¿O lo hacía porque me recordaba a papá? No lo sé, pero tampoco importa. Nuestros actos casi nunca importan, porque a la larga, lo que queda es lo que sentimos, el sabor de boca que te deja lo ocurrido. Y, como normalmente no hacemos lo que sentimos, pensar en ello es tiempo perdido. Algo así nos pasaba a mi padre y a mí, nos habíamos hecho cosas horribles, nada que ver con una relación padre e hijo, pero nos queríamos. Y eso, era inevitable.

- Bueno, ¿qué te cuentas? ¿Has encontrado ya una novia que te aguante?- no lo decía con menosprecio, sino con desdén, esa soberbia que con disimulo intenta ocultar cualquier atisbo de abrazo, lágrima o disculpa. Esa armadura del que ama con dolor, y sufriendo, porque no sabe amar de otra manera.

- No, papá. Recuerda que soy homosexual. Me gustan los hombres. Fue por eso por lo que intentaste estrangularme.- lejos de temer su reacción, para mí recordárselo era como un bálsamo. No era por hacerle sentir culpable. Lo que yo quería después de tantos años de confusión y decepción afectiva era, simplemente, una explicación. Yo era visceral, como él, y podía comprender su ira al darse cuenta de que yo no era el hijo que esperaba tener. Lo que yo no soportaba, no era que mi padre hubiera intentado matarme el día que le confesé mi tendencia sexual, sino que todavía evitara pedirme perdón. Que se hubiera resignado a no tenerlo jamás. Que hubiera tirado la toalla tan fácilmente. Porque yo conocía a ese hombre, y no era orgulloso. Sólo era un cobarde. Y ni siquiera por eso yo había dejado de amarle.

- Recuerdo ese día. Lo recuerdo cada noche, ¿sabes por qué?

-Por qué, papá…- no albergaba ninguna esperanza de que me dijera algo útil. Miré el reloj, era el momento de despedirse.

- Porque cada noche intento volver al pasado, a ese día, esperando que lo que pasó fuera una pesadilla más. Así cuando te despertaras, volverías a tener tu sándwich recién hecho en la mesita de noche. Y una vez más, todo estaría en calma, y tú y yo juntos. Unidos por un sándwich mixto.

Fue entonces cuando miramos nuestros platos, y de repente, el presente se mostraba tan absurdo como el pasado. Así que nos echamos a reír.
O mejor dicho, me eché a reír. A carcajadas. Porque en el viejo “Little Palace” no quedaba nadie, tan sólo yo y los restos de mi tierno sándwich mixto, el cual me había hecho inventar un tierno padre. Me reía, porque se me había hecho de noche pensando en nada.


domingo, 12 de enero de 2014

Reconciliarse

Yo estaba sentada en la sala de espera de urgencias. Nada dramático. Daniel, mi hijo de 8 años, había intentado hacer de Spiderman en el parque y se había caído. Tenía algunas heridas, pero afortunadamente no se había roto ningún hueso. Le estaban haciendo algunas curas. Y a mí, en esa sala de espera, de alguna manera, también. De repente fui consciente de que, aunque estaba allí en el parque, a su lado, no pude evitar la caída de Daniel ni sus consecuencias. Y de la misma manera, todo aquello que me hacía no querer levantarme de la cama por las mañanas… la hipoteca, visitar a mis padres aun a sabiendas de que no soy su favorita, sentir que no hago bien mi trabajo, un marido con cuya infidelidad convivo (y casi respeto, porque bien mirado, yo también le sería infiel a una mujer triste), un hijo que admira a su padre y apenas sabes lo que siente por ti…
Tendemos a pensar qué hicimos mal, en qué momento nos empezamos a equivocar de tal manera que asumimos que no había remedio. Pero ese día, Daniel tuvo una caída por azar, y no tuvo grandes consecuencias. Le miré sin temor a que me juzgara, le abracé, con todos mis límites y debilidades, pero también con todo mi amor y mi indiferencia por mi falta de fortaleza. Con todo mi ser, sin olvidarme de nada.
[…]
Así fue como aligeré mi carga, me liberé. Esa tarde yo también me caí, pero en la cuenta de que reconciliarse con lo que uno es, o con la vida que lleva, no es más que encontrar una pista.

La verdadera.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Padres e hijos

“… No era lo que hacíamos ni dónde desembarcáramos. La vida con papá siempre fue confusa en cuanto a espacios y actividades, pero nunca esto condicionó la relación que existía entre nosotros dos. La vida corría demasiado deprisa como para pararse a dialogar, y por tanto, no eran pocas las discusiones que en el barco o en la plaza se sucedían.
Papá y yo éramos muy diferentes. Nuestra visión de la vida distaba cielos y estrellas, pero nunca eso fue un impedimento para que formáramos un buen equipo. Su ambición, y su afán por la perfección o el renombre chocaban con mi pasión por los detalles, el trato con la gente o el amor por los sueños. Pero soñar era pecado para papá. Para él, todo aquello que nos alejara de tener los pies en el suelo y nos elevara, no suponía más que una amenaza para caer y darse bien fuerte en la cabeza. Y es ahí, Kevin-decía de forma enérgica mientras me tocaba con su dedo índice la frente- en esa cabezota que tienes, donde deben habitar las ideas, y no los sueños. Y si te la rompes, ya no querrás soñar más. Ni pensar. Cuídate bien de tus sueños, porque están hechos de tequila y sal.

[…] Durante esos años, papá nunca descansó. Y acompañarle tampoco me permitió descansar a mí. Ni soñar. Pero no me importaba, porque él contaba conmigo, y como adulto me trataba. Incluso cuando no me comprendía, me amaba. Incluso cuando no me soportaba, sonreía. Y yo, con eso, me conformaba.”